Castillo de la Alameda o de Barajas o de los Zapata

Tipología:

Nombre del Castillo:
Castillo de la Alameda o de Barajas o de los Zapata
Población:
Madrid
Provincia:
Madrid
Estado:
Ruinas
Datos de Interés:
El castillo de La Alameda de Osuna se encuentra sobre un suave promontorio que, aunque no tiene una posición dominante, sí debió tener una amplia vista, sobre las terrazas que descienden hacia el Jarama (a 2 kilómetros de distancia). Por las inmediaciones pasaba el camino medieval hacia Alcalá de Henares. Está situado en el barrio madrileño de Alameda de Osuna.

Es una de las 4 fortificaciones medievales que se conservan dentro del término municipal madrileño, junto con el castillo de Viñuelas y los restos de la muralla árabe y cristiana de la capital.

Excavaciones en esta zona han comprobado que la primera ocupación humana del lugar que ocupa el castillo, se remonta Calcolítico o edad de cobre. Se trata de un poblado de cabañas rodeado, ya entonces, por un foso, que se asentó en este altozano por sus excelentes condiciones de vida.

Estas cabañas que se encontraban en una excelente posición sobre el arroyo de Rejas, dominando el paso de la ruta hacia el valle del Ebro, eran de planta circular y tenían un zócalo de piedra.

Los huecos tallados en el suelo que han aparecido al excavar el castillo eran “despensas” del poblado prehistórico y dentro de ellos se conservaban los alimentos a temperatura estable y a salvo de posibles depredadores.

Posteriormente la zona sería reocupada varias veces durante la época romana y la época medieval. En esta última época surgieron las aldeas de La Alameda y de Barajas como aldeas de repoblación de la antigua Marca media andalusí.

Aunque en las Relaciones de Felipe II se dan como islámicos los orígenes de los poblados de Barajas y La Alameda, no parece que éstos se fundieran hasta el siglo XII o el XIII. Ello no quiere decir que no hubiera poblamiento musulmán, sino que seguramente estaría articulado en forma de pequeñas alquerías y explotaciones agrícolas.

Sabemos que el señorío de Barajas y la Alameda fue creado por la familia Mendoza a finales del siglo XIV por un privilegio del rey Juan I, a Pedro González de Mendoza en recompensa por los servicios prestados y por el que, Pedro González, fue nombrado señor de estas tierras, junto a otros feudos como Buitrago del Lozoya y Manzanares El Real.

Por lo que, según estos textos de la época, se podría decir que fuera Pedro González el constructor de la fortificación en la Alameda, no obstante, no hay prueba documental de ello.

Posteriormente todo ello fue otorgado como dote por el rey Juan II de Castilla a Inés de Ayala y Ruiz Sanz Zapata, pasando de este modo a los Zapata, familia vinculada al patriciado urbano del Madrid bajomedieval.

Pero los registros que han sobrevivido nos dan noticia de su existencia en el año 1476. Y nos habla de que la familia que sucedió a los Mendoza, como señores de estas tierras, fueron los Zapata. En concreto nos habla de Juan Zapata, quien se refugió en la fortaleza después de perder el alcázar de Segovia durante la Guerra de Sucesión entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Isabel la Católica.

Al salir vencedora del conflicto Isabel la Católica, concedió una amnistía a todos aquellos que no la habían apoyado. Aunque sabemos que con Juan Zapata el castillo existía ya, es posible que su padre o su abuelo fueran los que construyeron esta plaza fortificada, quizá encima de un primer edificio de los Mendoza, pero no se tiene ninguna referencia histórica que lo confirme.

Según las crónicas de su época el castillo fue, …muy buen castillo de cal y canto, nuevamente reparado con su foso y torreones, y en él plantadas 8 muy buenas piezas de bronce, con otras de hierro colado y muchos arcabuces y ballestas turquesas con otras muchas armas, para seguridad y defensa del mesmo castillo.

En el año 1575, el conde Francisco Zapata de Cisneros, señor de La Alameda y conde de Barajas, encargó su ampliación y reforma para convertirlo en palacio renacentista con un espléndido jardín. Se levantó la torre del homenaje, se construyeron nuevas crujías en los laterales oriental y meridional y se abrieron vanos más amplios y luminosos. Así mismo, se convirtió el foso en un jardín. En el año 1586 y debido a sus cargos públicos, se trasladó a Madrid y encargó al arquitecto toledano Nicolás de Vergara más reformas.

Entre las personalidades históricas que han desfilado por el castillo, bien como prisión de notables, bien como alojamiento, destaca Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel duque de Alba, que lo habitó en 1580 a su regreso del destierro de Uceda.

Así mismo, tras casarse con Felipe III, la reina Margarita de Austria visitó el castillo en 1599 de camino a Madrid.

En él murió el tercer Duque de Osuna en el año 1622, después de un breve cautiverio, siendo enterrado en la isla de un lago cercano, que era propiedad de los Zapata. Tras su fallecimiento, la condesa de Benavente, su esposa, decidió comprar las tierras adyacentes, que, con el tiempo, dieron lugar a la finca de la Alameda de Osuna.

Entre los siglos XVI y XVIII, se alzan en esta zona varias villas de veraneo de la aristocracia madrileña.

No se tiene noticia de ninguna otra obra en el edificio hasta que en 1684 fallece sin descendencia el 4º conde de Barajas, momento en que el edificio quedó abandonado. De este modo, cuando el castillo sufrió un incendio fortuito a finales del siglo XVIII, éste quedó herido de muerte, ya que nadie se volvió a ocupar ni de cuidarlo ni de reconstruirlo.

Tras el incendio parte de los sillares que constituían su muralla y sus torres se utilizaron para edificar el cercano palacete de los Duques de Osuna con su parque de El Capricho, así como el panteón de la familia Fernán Núñez, familia que heredó el título nobiliario del condado de Barajas. El Panteón es obra del arquitecto Francisco de Cubas y González, marqués de Cubas. Fue bendecido solemnemente el día 25 de Noviembre de 1883. Los primeros restos que reciben sepultura el día 27 de Abril de 1884, son los de Isabel Falco Gutiérrez de los Ríos, hija de María Pilar Gutiérrez de los Ríos, III duquesa de Fernán Núñez, y de Manuel Pascual Luis Falcó, marqués de Almonacid.

En la primera mitad del siglo XX volvió a sufrir nuevos daños, durante la guerra civil, al instalarse junto a él un nido de ametralladoras asentado en El Capricho, formando parte del sistema defensivo, en la retaguardia del frente del Jarama.

Entre 1988 y 1989 el arquitecto municipal Pedro Herrero Pintó tomó algunas medidas para consolidar las estructuras que aún quedaban en pie.

 

El castillo de los Zapata era un edificio aislado con un foso alrededor del castillo y una muralla con forma de talud, en la parte exterior, de función defensiva, con unos muros interiores de función estructural. En una de sus esquinas tenía la torre del homenaje, donde residía el señor y dónde estaban las estancias más importantes.

El castillo con una superficie interior de 200 m², fue construido a base de mampostería y en menores proporciones de ladrillo, con una estructura compleja y una planta cuadrada con un foso alrededor y una muralla con forma de talud.

Con sus esquinas redondeadas, la torre del homenaje era similar a las de Pinto y Arroyomolinos, mientras que la gruesa barrera exterior estaba diseñada para defenderse de un ataque con artillería y, asimismo, para instalar su propia artillería.

Del cuerpo principal del castillo se conserva una torre cuadrangular, en el ángulo noroeste, y otra cilíndrica, en el ángulo opuesto, que defienden los 4 flancos del pequeño recinto.

El pequeño tamaño del edificio contrasta con la monumentalidad de la barrera de artillería y su foso.

La pequeña fortaleza giraba en torno a un patio, con 2 pisos, según se pueden ver por los restos de los mechinales para las maderas de soporte de los dientes pisos.

El muro este, con un grosor de varios pies, presenta los restos de una chimenea, una poterna, una ventana y chimenea. El muro sur es liso, con su esquina redondeada hacia el lado oeste.

El foso está excavado en el cerro para aislarlo del resto. En el foso hay sillares de granito, resto del patio de armas.

Para salvar el foso existía un puente. Se han conservado sus apoyos los de su forma definitiva tras la reforma del siglo XVI. Lo normal es que el puente original tuviera una parte maciza y otra hecha en madera: éstas segunda parte podía ser rápidamente destruida en caso de ataque con el fin de aislar el castillo. No hay restos que permitan pensar en un puente levadizo.

Aunque no se ha conservado la puerta de acceso, conocemos la situación de la puerta de la barrera del castillo gracias a la posición del puente y a los restos de una de las 2 torretas de flanqueo que la defendían. Seguramente se trataba de un arco con una puerta sencilla de 2 hojas, solamente protegida por un balcón defensivo situado sobre ella y las 2 torretas a sus lados.

Esta puerta, efectivamente, se abría en la barrera, un muro situado entre el foso y el edificio principal cuya misión era reforzar la defensa que ofrecía el foso y anteponer otro obstáculo ante un eventual ataque. Sobre ese muro, un adarve almenado protegía a los defensores apostados sobre él y, en su frente, se abrían varias troneras o “bocas de fuego”.

Además, en cada esquina se alzaba una torre de “flanqueo” desde la que poder disparar a los atacantes desde los lados “flancos” en caso de que intentaran “escalar” la barrera.

Entre la barrera y el edificio principal, discurría un pasillo denominado “liza”, cuya función era permitir una rápida circulación sin obstáculos de los defensores hacia cualquier punto del perímetro defensivo del castillo en caso de ataque. Además, en caso de que los atacantes consiguieran saltar el muro, quedarían atrapados en este pasillo, donde podrían ser blanco fácil de los defensores refugiados en el último reducto.

En las fortificaciones medievales, por razones defensivas, la puerta de la barrera y la del recinto principal no solían estar en el mismo lado del edificio y desde luego que nunca en el mismo eje.

El castillo de la Alameda no es una excepción, una vez franqueado el primer acceso, había que rodear la torre del homenaje por la liza para entrar en el patio. De este modo, una vez superado el obstáculo de la barrera y la primera puerta, los atacantes se exponían durante un largo trecho al fuego de los defensores, refugiados en la torre.

Y también eso impedía el uso de arietes y otros aparatos de asalto.

El sistema de acceso que, entre la puerta de la barrera y la puerta del castillo, obligaba a rodear la torre del homenaje dejó de tener sentido al perder el castillo su función defensiva. Entonces se hizo necesaria una entrada más directa y cómoda, para lo que se picó el muro y se abrió una nueva puerta frente al puente, por cuyo hueco pasamos también ahora al patio.

De la torre del homenaje sólo conocemos la mitad de sus cimientos y el pavimento de ladrillos de la planta baja, pero podemos imaginar cómo era gracias a torres parecidas de la misma época que sí se han conservado, como la de Pinto o la de Arroyomolinos (con las esquinas redondeadas).

La torre, debía alzarse por encima de los muros y de todo el territorio circundante y era, con su altura y fortaleza, el símbolo de poder del señor sobre su jurisdicción.

La torre probablemente estaba dividida en 3 o 4 plantas, cada una con una estancia. Por razones defensivas, la entrada estaba en el primer piso, que era, a su vez, la planta principal. La segunda planta la ocupaba la cámara privada del señor. Y la planta baja estaba dedicada al almacén y bodega.

Los pisos se comunicaban gracias a una escalera de caracol encajada en el muro. La escalera bajaba hasta el sótano y aún se puede reconocer su arranque.

Las estancias principales ocupaban la torre del homenaje, pero otras dependencias se distribuían (algunos salones, la cocina, la capilla y el cuarto para los guardias), en un edificio de 2 plantas en torno al patio. Como el castillo era de pequeñas dimensiones, estas estancias sólo ocupaban 2 de los 4 lados. Por razones defensivas, sus puertas y ventanas se abrían al patio.

Para facilitar el aprovisionamiento de agua sin depender del exterior en caso de asedio, en el patio había 2 pozos o aljibes, uno en el centro (que también debía recoger el agua de la lluvia) y otro, como en la torre del homenaje, empotrado en un muro (un pavimento de ladrillos cubría toda su superficie), para, en caso de asedio, no depender del exterior.

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